Sex and the City, in New York City

(Cultura y Espectáculos) by Jin Hen Kim on 11-06-2008

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Jin Hen Kim es nuestro corresponsal en Estados Unidos. Fue a Queens y a que no adivinan a qué fue. Todo esto, en exclusiva para FDV.

La película de Sex and the City salió la semana pasada y obvio que no me la perdí. Me fui a Queens, ahí donde vive la Ugly Betty, y llegué al único cine que estaba dentro del presupuesto. La película de Indiana Jones tenía rato de haber empezado y, tan caballeros que somos, dejamos a la única mujer del grupo elegir. “Qué tanto ver una película de mina,” pensé, y entré a una sala de cine que era chica, fea y media sucia, onda Adrián y los Dados Negros. No se puede esperar más por 4 dólares. (Otros cines valen 12 dólares).

La única vez que vi el programa en el HBO, fue porque pensé que iba a tener más “sex” que “city”. Debo haber estado en primero medio, quizás en los últimos años de básica, y lo único que me acuerdo era que hablaban caleta de sexo, pero mostraban poco. “Penca la wea,” pensé. Ahora que vi la película sin ganas de ver porno, pensé lo mismo. Al parecer me mantengo joven.

En todo caso, según me han contado mis ‘amiguis’, la película es una continuación de la serie, y empieza justo donde terminó, con la Carrie Bradshaw (Sarah Jessica Parker) vestida de florero y con un minoco viejo, onda Vodanovich, pero con pelo negro. La de pelo negro vive feliz con su esposo pelao coyak, la de pelo rojo tiene vida de madre casi-menopausica y la rubia vive en Los Ángeles con un minoco joven, todas siempre vestidas de pasarela. Tienen nombres, pero no me acuerdo y no vale la pena buscarlos en Google.

La vida de las cuatro amiguis – y la película – se centra en un sinfín de gastar plata en ropa y tragos, y quejarse de sus minos/esposos que, por esas cosas de la vida, las quieren. Nunca entendí por qué, si estas viejas (40 y tantos años) no tienen otra meta en la vida más que ser malcriadas y encontrar a un Príncipe Azul que les construya un closet gigante y les aguante el síndrome pre-menstrual, aunque un closet sin príncipe igual les caería bien.

El materialismo es tan obvio y repulsivo que las dos horas que dura la película me tuve que aguantar las ganas de unirme al movimiento obrero y cantar “Venceremos”. Dos días después, todavía me aguanto. Hay tanta publicidad en la película que las metas de “Marcas” y “Amor” (Labels and Love) que la Carrie nombra al principio se reducen a una: “Amar las Marcas”. Hasta a los pobres de la película se les enseña a obsesionarse con Louis Vuitton. Y si no pueden comprar que arrienden, ya que las apariencias lo son todo.

Desde un punto de vista técnico, la película es como un comercial de Ladysan. La trama es obvia. Los cambios entre tomas son más o menos rápidos, la cámara es floja y no se mueve, hay música de mina muy seguido y la película enseña a comprar cosas que son nada más que soluciones temporales. Si incluso muestran una escena en la que una de las chicas se caga los pantalones, ilustrando lo que pasa cuando no se siguen las instrucciones. Incluso hay una narradora que dice chistes fomes de vez en cuando.

En toda la película hay dos personajes que tienen un poco de sentido común, pero no salen mucho. Don Vodanovich y una afro-americana que se llama Louise (Luisa). Si no fuera por la Carrie, una huequilla que lee con lentes de sol, tendrían vidas normales, incluso felices. Al terminar esta oración, Carrie estará fuera de mi vida para siempre, y quizás seré feliz.

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