Crónicas Canutas: Una semana en Bonao

Jin Hen Kim se fue a la República Dominicana a dárselas de traductor y viajar gratis. Aquí nos cuenta su experiencia evangelizando en la isla.

La República me abrasó cálidamente, dándome la bienvenida a sus entrañas con cielos despejados y una brisa tropical. Me ofrecieron Ron Brugal en el aeropuerto de Santiago, al norte de la isla, pero no acepté. No quise empezar la “canutería” entonado, sobre todo porque era la cara y traductor de mi grupo de evangélicos coreanos-gringos.

Con mi grupo de 15 pingüinos y seis viejos nos fuimos a Bonao, en el corazón de La Española, en el distrito de Monseñor Nouel. Pasé el primer día conversando con los autóctonos, y varios me invitaron a sus casas, a pisar sus suelos de cemento y comer de sus frutos. Mi grupo les dio dulces y se quedaron sin decir nada, y tuve que romper el silencio con falsas pretensiones de querer canutear.

Hablar con los dominicanos no fue fácil. La mayoría de mi grupo era bastante pavo y agringado, habrán tenido unos 14 o 15 años, y los autóctonos hablaban un castellano caribeño, con mezclas de cremente (criollo), casi sin abrir la boca. Todos los días me paraba frente a grupos de 50 niños en las iglesias más chicas y 200 en las más grandes, tratando de explicarles la historia del hijo pródigo y la relevancia que tiene desde un punto de vista religioso. Todo siempre con un “porque Jesús murió en la cruz” al final.

No es que los dominicanos no supieran de Jesús, la cruz y canuterías varias. De hecho, ellos tenían grupos de bailes y pastores mucho más carismáticos que cualquiera de nosotros. Nosotros éramos solamente el acto principal, con un show de marionetas, música y un sermón, pero cuando ponían la música canuta local en sus radios, se veía al “espíritu” moverse en esos niños de una forma que nunca conseguimos con mis traducciones al acento-chileno o con la música estilo evangélico-gringa.

La gente humilde de Bonao –o por lo menos la mayoría de los que me encontré– se viste bien y con ropa limpia. Mucho mejor que la mayoría de los gringos con los que fui, que iban con poleras y estaban sopeados con toallas al cuello.

Estuve trabajando con un doctor, traduciéndole mientras él repartía remedios. Nunca en mi vida había hablado con tantas jóvenes con hongos vaginales o visto tantos niños con anemia y parásitos intestinales. Con unas pomadas y unas pastillas los despachamos, siempre tratando de sonreír e invitarlos a los cultos (misas), aunque en realidad estábamos cansados de tanto sudar, gritar y, de vez en cuando, estar en lugares donde los chavalos nos tiraban piedras.

El último día, cuando tuvimos un asado para agradecer la hospitalidad dominicana, los gringos y dominicanos lloraban, diciéndose que se echarían de menos y que esperaban verse el próximo año, cuando ambos grupos aprenderían más ingles y español. Todos dijeron que se mantendrían en contacto, y yo me ofrecí a traducir correos electrónicos y cartas para facilitar la comunicación. Ha pasado un mes, y todavía espero que me manden algo para traducir.

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